viernes, 28 de octubre de 2011

Capítulo 2. Why you.

Pasadas las diez, fui a la ducha. La noche anterior había decidido ir a ayudar a la nueva sala de música, con el movimiento de instrumentos de un aula a otra, los cuadros y los muebles. No tenía otra cosa que hacer, y así estaría distraída por la mañana. De lo contrario, seguramente me quedaría toda la mañana en mi habitación sin salir para nada.
Cuando me duché, me vestí con unos pantalones vaqueros desgastados, una camiseta de tirantes básica, y encima un cárdigan largo desabrochado. Cogí el bolso de bandolera, me recogí el pelo en una coleta, me anudé el pañuelo al cuello y salí con desgana. Realmente salía por el hecho de que yo usaré esa sala de música. Gastaría la mayor parte de mi tiempo allí concentrándome en lo que me gustaba, y yo había sido una de las que habían votado por renovarla. Tenía que ir.
Atravesé una parte del exterior del campus, y me acerqué a la cafetería. Un buen café para calentarme las manos, para despejarme y para irlo bebiendo por el camino hasta la sala de música.
Me apresuré un poco, era temprano, pero aún así quería llegar con tiempo de sobra para que después no se me notara mucho.
Cuando fui a doblar la esquina, miré al suelo, moviendo mi flequillo hacia el lado.
- ¡Lo siento!
Retrocedí unos pasos hacia atrás, y vi cómo el café me chorreaba por la camiseta blanca, por el pantalón.
Oh no... Esto sólo me puede pasar a mí. Dime que...
- Ha sido sin querer, en serio. -Era él. ¡Era Ryan!
Abrí la boca, negué con la cabeza. Después, sin saber cómo actuar o qué decir, me mordí el labio, y conteniendo las lágrimas, salí corriendo de vuelta a mi habitación.
- ¡Esp...! -Pude oír a medida que iba corriendo. Huyendo de ese momento.
Se supone que estaba tratando de olvidarlo, y aunque me guste verlo para así no echarlo de menos... No podía. Y encima, teníamos que chocar, y yo hacer el ridículo por llenarme toda de café.

Sólo quería que la tierra me tragase en cualquier punto del campus.
Cuando llegué a mi habitación, cerré la puerta y me apoyé de espaldas sobre ella, cerrando los ojos comenzando a llorar, cerrando los puños con fuerza. Me dejé caer.
Era una idiota. No entendía qué me había pasado. Había chocado con él, con el que intentaba olvidar desde hacía tiempo. Y encima, me había llenado de café, y, ¿qué había hecho? Salir corriendo como las estúpidas.
De quité el cárdigan, y me quité la camiseta. Fui al lavabo y lo llené de agua para intentar sacar las manchas de café de la camiseta blanca.
Mientras me secaba las lágrimas de mis mejillas, oí cómo aporreaban mi puerta.
Salí del baño y me puse el cárdigan, me lo abroché y abrí la puerta con inseguridad.
- Hola. Siento mucho lo del café... -Ryan. Otra vez él. Sostenía un vaso nuevo de café. Me miraba inocente, con mirada culpable e inofensiva.
No podía huír, no podía cagarla de nuevo. Pero tampoco sabía cómo actuar, qué decir.
Me limité a mirarlo, guardando silencio.
- ¿Puedo hacer algo? -Rompió el silencio, y con ello, también la incómoda tensión que se palpaba.
- No tenías... -Señalé al vaso que sostenía. ¿Estaba esto realmente pasando?- En serio, podía haberle pasado a cualquiera.
Me miraba atento. Realmente me intimidaban esos ojos verdes que se clavaban en los míos como dos púas. Era incómodo mirarle habiendo estado tratando de olvidarle aún sabiendo todo lo que sentía por él.
- Era lo mínimo que podía hacer. -Se encogió de hombros y me ofreció el vasito. Lo agarré indecisa.- Además, pareciste disgustada. Saliste corriendo y...
- Lo sé. Un mal día, no te asustes. -Aclaré rápidamente.
Chasqueó la lengua y miró a sus zapatillas.
- Eh, gracias. -No podía creer que esto estuviera pasando. Hacía más esfuerzo por recapacitar que por hablarle.- No todo el mundo se hubiese preocupado en venir y buscar la habitación de una despistada que se choca con chicos y se echa el café encima...
Su gesto se tornó a una media sonrisa que calmó el ambiente.
- Yo tampoco iba muy... -buscó la palabra- concentrado. Sonrió y cambió el peso de pierna.- Por cierto, ibas a algún sitio, ¿verdad?
- Sí. -Miré al suelo y, por un instante, recogí fuerzas para mirarlo.- Pensé ir a ayudar con la nueva sala de música. Están trasladando las cosas de sitio, ya sabes... Como una mudanza.
- Verdad. -Asintió.
- ¿Ibas con Dean y Greg? -Pregunté dubitativa.
- ¿Los conoces? Pensé que...
- De vista.
- Ahá. -Asintió sonriendo, mirando a un punto que no logré identificar, pensando en algo. Quizá en ellos.- Íbamos a entrenar.
Cierto, estaban en el equipo masculino de balonmano que representaba a nuestro instituto.
- Siento que vinieses. Ha sido un detalle. -Cambié el peso de pierna, apoyándome en el canto de la puerta, dando ligeros toques al vasito de café.
- No hay de qué. Te habré puesto la camisa hecha una pena.
- No pasa nada, tengo como unas cinco de repuesto. -Bromeé. Ahora sí que esto no parecía real. ¿Estaba bromeando con él? Se supone que estaba deprimida por su culpa. O mejor dicho, por mi culpa de no poder olvidarle.
Pero sentía que me volvía a engañar. Me haría ilusiones, volvería a pensar en él y todo sería un trabajo mal hecho.
Sacudí la cabeza pensando, y volví a sentirme seca, a tensar mi rededor.
- Bueno, esto... Creo que ambos tenemos cosas que hacer, ¿me equivoco? -No quise sonar demasiado cortante, pero quería evitar parte de lo que se avecinaba.
Pareció sentirse incómodo. Frotó sus manos y abrió la boca.

- Claro. -Hizo incapié para girarse y seguir su camino.
- Espera. -Mi voz sonó firmemente por el pasillo, a medida que di un paso hacia fuera.
Paró y se giró. Esperó respuesta.
- ¿Cómo has sabido cuál era mi habitación?
- Pregunté a una chica que salía de la residencia -pareció buscar el nombre de aquella chica-, eh... Aby. Y busqué una puerta con un cartelito que dijese tu nombre. -Señaló mi puerta.
Tenía razón, en mi puerta hay un cartelito en el que ponía mi nombre, escrito por mí.
Sonreí.
- Vale, gracias. -Y retrodecí hasta situarme nuevamente en el umbral de la puerta.
Me dirigió una media sonrisa y un leve gesto con la mano.
- Si quieres algo, vivo en la 156. -Me dijo antes de girarse.- Ya hablamos, Ari.
¿Me había ofrecido su habitación? ¿Me había llamado Ari? Sentí que el calor del vasito no era el mismo que cuando me lo dio. Entré en mi habitación, aún exhausta. Intenté recordar cada palabra que habíamos intercambiado, miraba al vasito parpadeando. Me desabroché el cárdigan y me senté en una esquina de la cama pensativa.
Cuando pasó un rato y me entró algo de frío, volví al baño a ver cómo estaba la camiseta.



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